Doctrinas Socialistas

Ninguna doctrina socialista ha tenido éxito en:

a) proponer una cultura de consumo (qué producir, como producirlo, y como distribuirlo) que no solo sea diferente a la que se origina cuando al mercado se le deja a su libre albedrío, sino quizás lo más importante, que sea también eficiente. Ideal también que esta cultura proveyera la mayor suma de felicidad posible aunque esto sería deseable mas no necesario, y

b) cómo hacer compatible la innegable diferenciación individual (no todos somos iguales), mediante por ejemplo la meritocracia del talento y el esfuerzo, con la justicia social. La duda que surge es si ello resulta simplemente imposible de lograrlo indefinidamente.

El capitalismo falla por cierto en b), en particular en la justicia social, pero es extremadamente exitoso en a), en particular con proponer una cultura de consumo. Nada es más productivo y trasformador que el capitalismo. Esto reconocido hasta por sus más famosos detractores y críticos (p.ej.: Marx). La socialdemocracia europea de posguerra y sus bastardos como la tercera vía de Blair fue la respuesta, desde un punto vista siempre capitalista, a b) y funciono (muy bien) por un tiempo cuando había superávits de riqueza y productividad tras la reconstrucción europea. Por un tiempo considerable se creyó haber logrado la cuadratura del círculo pero hoy en día el modelo pareciera estar llegando a su fin. Por el otro lado, el socialismo falla en a) y en b) pero particularmente falla estrepitosamente en a). Es decir, así no fallara en b) (que igual lo hace) estaríamos hablando de un sistema utópico, impráctico y, como la historia ha demostrado, hambreador, ya que sin necesidades humanas satisfechas de una manera eficiente hay fragmentación social, hambre, desolación, caos y muerte. Para que haya un sistema capaz de proveer justicia social ¡tiene que primero existir una sociedad!

Antes de que digan que no hace falta una cultura de consumo (que no es lo mismo que consumismo) me refiero más generalmente a un sistema que sea capaz de satisfacer las necesidades humanas que pareciera son infinitas. Nadie realísticamente quiere volver a vivir como un aborigen, es decir nadie con necesidades creadas y satisfechas en culturas capitalistas quiere tener las mismas necesidades que un aborigen y satisfacerlas con el nivel tecnológico, es decir con la misma ineficiencia relativa, con que ellos las satisfacen. En otras palabras, nadie conociendo la enorme utilidad de una rueda quiere desinventarla en nombre de una supuesta justicia social (por voluntad propia o mucho menos impuesto por la fuerza) y volverla a inventar de cero. Mejorarla sí, reinventarla no. Resulta dilucidador que hasta los anarquistas más recalcitrantes buscan siempre como conectarse a la red eléctrica (de gratis claro) o sino como generar de alguna manera electricidad (con generadores, ecológicos o no, pero que ciertamente no diseñaron ni fabricaron ellos) en sus comunas experimentales.

Jared Diamond asegura que el peor error que cometió la humanidad en toda su historia fue el invento de la agricultura de donde, según él, provienen todos los males de la humanidad. Puede que tenga algo de razón. El pequeño problema es que con más de 7 mil millones de personas, una vuelta a la caza, pesca, y recolección, lo único que garantizaría un estado de crecimiento cero, resulta inviable a menos que se asumiera una mortandad apocalíptica ya que este sistema no puede realísticamente sostener a todos los habitantes de la Tierra. Además de que para esto habría que desinventar la agricultura cuyo superávit productivo compuesto por siglos gracias a sus avances tecnológicos es la base de toda riqueza. Pero desinventar algo es imposible, ni siquiera con el uso de la fuerza o matando a todos los que tienen algún tipo de conocimiento útil y productivo para la sociedad como hicieron en Camboya con los que usaban lentes (pues los lentes eran síntoma para Pol Pot y sus matones de veleidad intelectual…) se pudo. A pesar del mayor genocidio como proporción de la población total de un país de que se tengan registros, los Jemeres Rojos no lograron desinventar ni la agricultura ni cualquier otra cosa digna de desinventarse. Lo único que lograron fue que un país que ya era improductivo fuera aún más improductivo además de dejar un reguero truculento de calaveras y lentes.

¿Puede el capitalismo en su versión actual con sus externalidades aberrantes (humanas, ecológicas, etc.) sostener a +7 billones de personas con recursos limitados, con un solo planeta? Es difícil pero esto es otra discusión y potencialmente hay maneras de mejorar esto y en donde la tecnología es solo uno de los factores que se tiene a favor. Por el otro lado y es el gran problema que se presenta ya que pareciera que no hay alternativa al sistema dominante, al socialismo no hay manera de hacerlo productivo porque empieza a chocar y a entrar en contradicción con el dogma (tiene que haber nula diferenciación del trabajo, planificación centralizada, remoción de cualquier incentivo para producir más o en otras palabras nulo incentivo para generar riqueza, ataque a la propiedad privada, etc., etc., para que sea digno de llamarse socialismo. Es decir, el socialismo es ineficiente por diseño no por error). Está claro que no puede haber socialismo sin socialismo. En todo caso el socialismo sin socialismo ya se inventó y se llama socialdemocracia y solo funciona por un tiempo limitado y luego de varios años de crecimiento por encima del promedio.

Por último y quizás lo que más irrita de todo esto es que los jerarcas auto-ungidos como los responsables de implementar (imponer) cualquier versión socialista que se les ocurra, también acostumbrados a tener necesidades más o menos satisfechas pero siempre provenientes de culturas capitalistas (hasta ahora no he visto a ningún marxista convencido en las tribus de Papua y Nueva Guinea o en Borneo), o si no son culturas capitalistas al menos son culturas más o menos industrializadas, más o menos productivas, por lo general son los primeros y los que más rápidos satisfacen cualquier necesidad que tengan, por más caprichosa que sea, con artefactos o servicios diseñados, producidos, y distribuidos por dinámicas productivas. ¡Paradójico por no decir bastante hipócrita! Pero es que inclusive se ha visto que el ser humano por más primitivo que sea su estado no desea reinventar nada que ya este inventado, tal como se ha documentado por décadas con el fenómeno del Culto Cargo en Australasia y en islas remotas del Pacifico. Estas gentes no desean que les enseñen como se llega a la rueda, a los textiles sintéticos, a la comida procesada, o a comunicarse a largas distancias en tiempo real. ¡Desean simplemente la rueda, la franela, el chocolate, o el celular! Y si para eso tienen que hacer una pista de aterrizaje primitiva para que lleguen los “dioses” en sus naves sagradas con los bienes preciados e inventarse una narrativa y una religión para que el “cargo” llegue lo antes posible pues lo hacen. Cuestión que no tiene nada que ver con flojera ni mucho menos sino al contrario; es en todo caso signo de inteligencia pero sobre todo muestra de un potente instinto de supervivencia. Ambas cosas lo que nos hace humanos por cierto y lo que le ha permitido a este especie dominar absolutamente por sobre todas las otras.

 

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Dermis Tatú

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En el Reino Tropical de los Dípteros existen, como no pudiera ser de otra manera, los bottom-feeders. Los excluidos, los que están en lo más abajo de la cadena trófica-escatológica, los que las moscas miran por encima del ala con menosprecio pero sin cuya labor el ciclo de la vida y muerte estaría incompleto. Son ellos los que se comen lo que otros desprecian y cuyos excrementos van fijando el nitrógeno en el suelo donde eventualmente crecen los arboles de sombra placida. Sombra que gusta mucho a las moscas en esos días de calor intenso y que también gusta a los amantes al atardecer cuya pulsión de feromonas hacen que las flores florezcan antes de tiempo. Estos excluidos, estos parias taxonómicos, son por así decirlo los rebuscadores de basura biológicos. No es que este comparando un cadáver con un montón de basura ni mucho menos, pero es que estamos claros que un cadáver luego de cómo lo dejan las moscas no es sino basura orgánica sujeta a un chasis de calcio.

Su labor en la economía del inframundo no es del todo apreciada. ¡Deberían de hacer una huelga general como los mexicanos en EEUU a ver cómo todo se vuelve un maldito desierto! Su labor es comparable a la de las abejas. Estas últimas le abren la puerta a la vida. La gran familia de los dermestidae por el otro lado llevan uñas, pelos, piel, cartílagos y cualquier otra queratina humana y animal al otro lado del Aqueronte completando el ciclo de creación-destrucción. Las moscas en su pérfida arrogancia deberían de aprender que la economía es siempre un circulo y la constricción de la riqueza es esa, que el que nada da, nada puede recibir. Pero cuando se está en lo más alto es fácil ver para abajo creyendo que la copa del árbol en donde uno está se sostiene en la nada. Si vemos un árbol robusto en un sitio es porque algo o alguien plantó la semilla en un suelo apto y fértil en algún momento en el pasado. Nada nace de la nada.

Es muy fácil para la carne y otras partes blandas desaparecer en un santiamén. Al fin y al cabo la competencia por estas partes es brutal. Hongos, bacterias, moscas y mamíferos de todo tipo como el muy autóctono rabipelado. Curioso ejemplar que me recuerda a los militares de este país: hediondo, gritón y bastante voraz.  El punto es que dada la competencia por estas partes es natural que éstas sean las que primero se reciclan en un cadáver. De hecho y dada la feroz competencia, la naturaleza se pudiera bastar sin las moscas, sin esta clase privilegiada, y créanme que no estoy siendo Marxista-Darwinista aquí. Sin embargo, ¿se tiene idea de lo que cuesta degradar una uña, un mechón de pelo? Décadas sino siglos a punta de hongos y bacterias como sucede dentro de una tumba, de lo contrario hubiera sido imposible hacer ese sancocho nigromántico a medianoche que muchos creen que fue salpimentado con huesos. No, eso no fue así o al menos no solo con huesos. La realidad es que ese sancocho también tenía su sofrito de uñas, cabellos y pelos libertarios (o libertinos, depende si se cree la hipótesis sifilítica) gracias a que estuvieron por décadas lejos de la mirada de esta familia de coleópteros y su impecable ética de trabajo.

No ayuda en su aceptación social  la anatomía poca agraciada de estos individuos en comparación con la esbeltez y belleza de las varias especies dípteras de este país. Cualquier mosca hija de vecina aquí es pechugona, esbelta, y muy pero muy sexy. Si a esto le agregas unos ojos (tres para ser exactos) grandes, hermosos y el traje iridiscente verde o azul hecho a la medida quien sabe si por Herrera o Carvallo… en fin ya me dio dentera. Por el contrario estos escarabajos son rechonchos, unicolores, duros como uña de bailarina de ballet, y con una autonomía aérea que haría a una mosca parecer como lisiada. Son feítos y limitados pues, e irían muy bien en el decorado de una pirámide Maya porque tienen un poco esa estética. Por cierto de México me advirtieron una vez que “todas las moscas son feas, espantosas, como caídas de una pirámide precolombina”. ¡Falso de toda falsedad! Basta ver la televisión azteca para ver unos ejemplares espectaculares.

No me quiero desviar del tema. En medicina forense su utilidad es impagable. Sin duda que las moscas llegan las primeras al cadáver a libarlo y regurgitarlo. A los siete minutos para ser exactos y con bastante más antelación que un CICPC, pero bueno también es verdad que una mosca no tiene que lidiar con furgonetas que no sirven, tráfico, falta de personal y un barrio que te recibe a tiros. Pero es en los restos humanos encunetados, en los matorrales sin nombre, al lado de un reservorio de agua potable, o simplemente en bolsas negras esparcidas estratégicamente en dos metros cuadrados donde su verdadera utilidad para datar la fecha de muerte es apreciada. Como me dijo una vez un inspector jefe-de-yo-no-se-que-verga en palabras la verdad bastantes poéticas dignas del mejor literato: “su labor es excepcional para darnos una aproximación bastante exacta de cuantas horas han pasado desde la muerte del individuo. Son los mejores tatuadores que te puedas imaginar, no dejan piel alguna sobre el hueso sin tatuar, su arte es exquisito y su trabajo lo hacen siempre al mismo ritmo. Ni más rápido ni más lento, siempre igual revelándonos aquello que siempre estuvo en el fondo pero que no podíamos ver, todo gracias a que vuelven la piel invisible. Son efectivamente tatuadores de tinta invisible.”

Ludus-ludere

Capture

Más que un sentido económico de la vida bien sea este maximizador, u optimizador, o minimizador; al fin al cabo un sentido de la realidad ajustado a un esquema de balances en lo que se busca es que el neto sea favorable a nosotros (lo que quiera que “favorable a nosotros” signifique), la vida debería de tener un sentido lúdico donde no importe tanto el balance final, más bien éste es totalmente irrelevante. La recompensa es el camino que recorremos y donde descubrimos a una rueda girar por primera vez, donde caerse en el barro es parte del juego y ha de ser celebrado, donde todo lo miramos como si fuera por primera vez, donde el concepto de deporte aun no lo comprendemos del todo, de hecho donde ganar o perder son caras del mismo goce, el goce de estar vivo y de ver el mundo con los ojos de un niño.

La mirada desinteresada pero curiosa de un niño nunca más es igualada por el  individuo a medida que éste crece y madura. Decía Picasso que había tardado toda su vida, se refería a su vida de artista, para volver a dibujar como un niño.

Nada se aprende mejor que jugando y nada se recuerda mejor que los juegos de la infancia donde éramos creadores y destructores de nuestras propias fantasías, de nuestros propios mundos. Luego nos ponemos serios y tratamos de hacer lo mismo pero en vez de una casa en un árbol construimos una teoría socioeconómica donde ambas terminaran cayendo por su propio peso, en vez de jugar con soldados de plomo echamos plomo con ejércitos de carne y hueso, en vez de lanzar una pelota al aire lanzamos un misil. Es aquí cuando las cosas empiezan a joderse. Sin embargo y a pesar de esto, los niños en esas ciudades destruidas por la guerra, los niños bajo regímenes negadores de la vida (y por ende del juego), los niños bajo las circunstancias más despreciables (salvo el hambre) igual encontrarán tiempo para con solo su imaginación y un par de cosas, quizás alguno que otro artefacto desechado, crearse sus propios mundos, jugar y divertirse. ¿No desafía esto cualquier sentido económico de la realidad?