El Meme

birds-eye-view-aerial-photography-8Un fragmento espiritual oscuro y molesto, que cualquier palero hubiera diagnosticado con un “llevas un muerto acostado en la espalda”, se había posado sobre la frágil y sensible mente de J.M.  Éste era un estudiante de arte en busca de nuevas formas de expresion. Ultimamente padecía de unos vértigos inexplicables, que el atribuía a sus frecuentes viajes a Sorte. En esos atisbos de locura se dio cuenta de que todo arte era la representación de todos los aspectos subordinados a una experiencia y conocimiento único. La certeza de esta revelación cambio sus objetivos; ahora en vez de formas de expresión buscaba aquella causa originaria. El arte no se pudo haber originado al azar, pensaba.

Más esquiva su mirada, más precario su contacto con la realidad, J.M. alucinaba con los aspectos y las circunstancias del arte. En sus contradicciones llegó al extremo de negar el arte, argumentando que solo era uno de los infinitos productos del azar. Pensó en aquel Cro-Magnon que aburrido dibujaba garabatos en el suelo quedando eventualmente fascinado por la configuración de los trazos. Era la primera imprimación de la historia de la humanidad y probablemente el inicio del meme más viral y duradero que la humanidad haya conocido. Al igual que con los genes este meme, que algunos llaman arte, se transmitiría de generación en generación y se llegaría a otras versiones del mismo llámese cubismo o impresionismo.

Abrumado por sus pensamientos un día se levantó y se asomó por la ventana, el sol resplandecía potente con esa luz del trópico que no ilumina sino ciega. Tomó su carro y se dispuso a conducir hacia los médanos donde empezó a andar sin rumbo aparente. Buscaba impresionar a cualquier ave, que volando, viera los trazos aleatorios de su carro sobre la arena.

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Sincronicidad

CaptureHacía una tarde radiante y templada.

La madre con su hijo paseaban entre las ratas gigantes y los perros con narices redondas y plásticas. El niño comía un helado y la madre lo miraba tiernamente. El parque de atracciones estaba repleto de imágenes como éstas, una familia, niños, niñas, ancianos y ancianas… todos felices y todos obesos.

Seguían caminando entre los hermosos y cuidados jardines sin un rumbo aparente, sin embargo el niño desde hacía rato insistía en ir a la montaña rusa.

Que cercanía tan aterradora hay entre el sosiego y la tragedia. Conviviendo todo el tiempo pero ignorándose como las dos caras de una misma moneda. Un momento estas brincando de alegría extático y lleno de vida, el otro revolcándote con la muerte.

Muy cerca de ahí, en uno de los jardines, un grillo luchaba por su vida. Una horda de hormigas le acechaban desde hacía rato. Tenía una pierna inutilizada y cada intento de salto que daba lo hacía revolcarse más entre las hormigas. El vértigo que sentía el niño en la montaña rusa era sólo comparable al que sentía el grillo al ver las mandíbulas de esas hambrientas hormigas que no escatimaban ácido fórmico.

La otra pierna fue arrancada de cuajo y devorada instantáneamente, el grillo daba vueltas sobre si mismo con las pequeñas patas que le quedaban gritando en una frecuencia que nunca podremos de oír, pero si imaginar. El niño y su madre también daban vueltas y gritaban, pero no por el dolor, sino por la adrenalina.

Cuando la atracción llego a su fin y el carromato se paró por efecto mecánico el grillo lo hizo por efecto químico.

La madre le dio al niño otro cono de helado y el ultimo mordisco que ese niño mofletudo dio a la punta del cono coincidió con el último despojo de grillo que la hormiga reina engulló.

El bote de Caronte

IMG_0332Y dice la leyenda que cuando se montó (la verdad es que lo montaron a la fuerza, por no decir a patadas) en el bote de Caronte, inseguro si su destino final sería el Hades o el Tártaro, le preguntó al chalanero con un tono de voz que pudiera reverberar con el más grave y prepotente de sus tonos de voz en vida. Como aquel donde por ejemplo despachaba a los yanquis a ese otro Hades más terrenal.

“Tanta neblina por aquí ¡ah!. Mira y ¿tú eres el dueño de este bote?”

La única respuesta que obtuvo fue el sonido del lento remar de Caronte y a lo lejos la algarabía de unos cuervos mutantes, capaces de levantar en el aire a un alma completa, cuyos espectros en la densa neblina dibujaban un festín aéreo que se daban con despojos de animas humanas que parecía se arrancaban de pico a pico.

No encontrando respuesta alguna y un poco más ansioso por lo que veía a su alrededor le volvió a preguntar:

“¿Qué quién carajo te paga tu salario?. Mira compañero, la culpa de que tu estés así, harapiento, pobretón, hediondo y más desesperado que lesbiana en pescadería es de tu patrón. ¡De más nadie!” le dijo a Caronte señalándolo vehementemente con su dedo.

Caronte ni se inmutó. Era un tipo más bien flemático. Además había visto demasiado mequetrefe desde hacía eones. Herodes, Xerxes, Gengis Kan, Napoleón, Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot, el enano soberbio de Ferrol, el otro enano de Corea del Norte… Todos, sin excepción, le venían con comentarios y preguntas soeces con un deje de prepotencia y altanería. En el mejor de los casos con un entrometimiento que estaba fuera de lugar en ese sitio. Todos, también sin excepción, llegaban cagados y meados al otro lado del Aqueronte.